MUSICA


© Imagen: THE FALL | Photographic record of the Coventry music scene 1979-1981 by © Mark Osborne


Discos y grupos comentados en artículos relacionados con nuestra selección musical o en la sección de «El Atolladero»


THE FALL.

“La caída” de Mark E. Smith
42 años y 32 discos sin casarse con nadie

Artefactum Doc. 32 | © Johnny Soda | Madrid | AF01

La banda más prolífera del post-punk británico ha conservado su etiqueta de grupo de culto simplemente porque Mark E. Smith ha hecho siempre lo que le ha dado la gana. Algún crítico musical se atrevió a acusarlos de “poperos” cuando editaron Extricate en el año 1990. Mark E. Smith se acababa de divorciar de Brix Smith por aquel entonces pero The Fall se divorció del mundo desde que nacieron. A la prensa musical le apeteció distanciarse de la razón muchas veces cuando hablaba de ellos; sea como fuere Extricate es una obra maestra incontestable, anacrónica e imperecedera. Y casi nadie se pone de acuerdo escogiendo el mejor disco de la banda. De 32 discos de estudio, se dice pronto, 32 a tener en cuenta. Desgraciadamente ya no habrán más, al menos bajo la tutela del que siempre ha sido su lider, Mark E. Smith, ya que nos dejó el pasado 24 de enero a la edad de 60 años.

Como si de una magistral noción filosófica de lo absurdo -al igual que la novela de Albert Camús de donde sacaron el nombre: la caída- la banda de Mark E. Smith recorre visceralmente el subsuelo de un rock indefinible, hablado muchas veces y entrecortando melodías escudriñadas, transformándolas en miserias banales.

A pesar de sus numerosos cambios de formación -más de 60 músicos han pasado por la banda- The Fall siempre ha sonado a The Fall. No es que no se hayan ceñido a las modas, simplemente tienen su manera de interpetrar con total cinismo las circumstancias que les ha rodeado. El irascible Mark E. Smith fue uno de esos personajes que sacó de quicio a más de uno, que se lo pregunten a los Elastica cuando le invitaron a su estudio, la lió parda y se fue tan tranquilo después de dejarles la nevera seca. Nos quedamos con una de sus frases lapidarias: Si somos tu abuela y yo tocando los bongos, eso es The Fall.


Tú y yo (como Sailor y Lula puestos de feedback)

Artefactum Doc. 172 | Madrid | © 2020 Luis Boullosa | AF06

“Le robé el novio a mi hermana. Fue todo un torbellino, calor, y destellos. En una semana matamos a nuestros padres y nos largamos de allí”; así rezaba la portada del Goo de Sonic Youth, sobre un dibujo inconfundible de Raymond Pettibon (sí, el del logo de Black Flag, ese genio de la síntesis). En la imagen, una pareja de aspecto hip -herméticas gafas de sol- observa con desgana un futuro abierto que queda fuera de cuadro. Es una de las cubiertas más inteligentes de la historia, por muchas razones.

Primera: la figura legendaria de Pettibon aporta street-cred a la banda cuando más lo necesitaba (Goo era su primer álbum con una major, y fin de un sueño de independencia colectivo).

Segunda: su estética los equipara al frío cool hipodérmico de la Velvet Underground que siempre aspiraron a ser, inútilmente. Así, es una portada envenenada: parece hacerte un favor cuando en realidad te deja en evidencia (porque no, Goo no es White Light/White Heat).

Tercera, y clave: su poder icónico sublima la épica de la fuga en pareja, bicéfalo sueño húmedo de cualquier outsider, y que nadie ha sabido tratar con la chabacana intensidad y lucidez del arte americano.

Cuarta, y más clave aún: El dibujo de Pettibon es una recreación fiel de una fotografía de Maureen Hindley y David Smith, familiares y delatores (long story short) de los asesinos de los “crímenes de Moors”, Myra Hindley e Ian Brady, simpáticos cónyuges, y residentes en Manchester, que entre el 63 y el 65 violaron, torturaron y asesinaron al menos a cinco niños (y grabaron en audio algunos momentos estelares de la escabechina). Así, Pettibon sublima la larga pasión americana por el asesinato en serie y hace al tiempo de Warhol y de Capote. Como Truman en la fundacional A Sangre fría, se centra en el absurdo de la masacre desde un punto de vista periodístico y distanciado, lateral. Como Andy, deslocaliza y recontextualiza tal absurdo para hablarnos de otras cosas… ¿Cuáles?

Una parte importante de la creatividad de Sonic Youth venía de la pareja formada por Thurston Moorey la abeja reina Kim Gordon, los Dylan y Baez del cotarro independiente. Nirvana, la banda “amiga”, estaba a punto de pulverizar su sueño, y la entente simbólica Cobain/Love los borraría del mapa mitológico sin inmutarse. Tiene que ser jodido ser Sonic Youth, perseguir la condición de icono cultural toda la vida, quererte tanto a ti mismo, y que cuando ya lo rozas te lo roben todo un arrastrado ulceroso y una stripper enyoncada. Y más jodido aún es que tu portadista lo vea venir (Nevermind es del año siguiente), se ría de ello en tu jeta y tú ni te enteres. La portada de Goo, desde este punto de vista, es la broma suprema; la lápida a una época que Pettibon había ayudado a cimentar y que despedía ahora con una carcajada de vitriolo.

Claro que igual son imaginaciones mías, pero tampoco importa, porque ese mismo año (90) se publicó también el Twin Infinitives de Royal Trux, segundo largo y despegue definitivo de la única pareja outlaw que importa. Neil Hagerty y Jennifer Herrema fueron todo lo que Moore y Gordon simulaban. Juntos –ella, suma sacerdotisa del heroin-chic, él, genio de la guitarra incinerada- se inventaron la mejor banda de boogie de desguace de América y fueron capaces de chulear a su discográfica y pirarse con una pasta gansa para fundírsela en mucha droga rica y luego mas droga y luego igual un abrigo de leopardo sintético y unas remeras de hockey, y un Chevy Impala del 67. Y más droga. De paso, dejaron un reguero de obras maestras por el camino. Sailor y Lula montados sobre una pesadilla de feedback, en un caso congénito de cultura popular elevado a Interzona.

Así que si tienes que escoger un disco para soñar que le levantas la chavala a un familiar, matas a tus padres y te fugas de casa para siempre, envuelto en una nube de coca base y sueños por definir, los Trux son tu gente y son tu música. Y cualquier trabajo suyo vale para esa fuga, aunque -ya siendo más outsider que nadie- mis recomendaciones personales son el doble de caras B y descartes Rare, live and Unreleased o –entrando en paradoja- las dos obras maestras de Hagerty en solitario. Una, su disco homónimo. La otra, Denver en sus dos versiones (la original o el Indica Mix, que creo que sólo salió en cassette).

Hay otro modo más simple, claro: olvídate de todos estos placeres delegados y hazlo de verdad. “We got married in a fever”, cantaban Lee Hazlewood y Nancy Sinatra en la magistral “Jackson”. Y siempre hay alguien esperando por eso: coge a tu chica, chico o animal totémico, o a tu hermano, o a Alice Lidell, o al primero que pase por allí esa tarde. Y lárgate. Lejos. Ahí empieza siempre la extraña historia.

Te arrepentirás toda la vida pero valdrá mucho la pena. Y siempre es mejor que ser los putos Sonic Youth.


Gary Wilson – You Think You Really Know Me

Artefactum Doc. 157 | Vilanova i la Geltrú, Barcelona | © 2020 Víctor Caballero | AF06

Gary Wilson, hijo de trabajador de IBM que por las noches tocaba el contrabajo en una orquesta de hotel, fue un músico de formación autodidacta que enseguida demostró sus dotes como multi-instrumentista. Participó en varias bandas mods en el instituto convirtiéndose en una celebridad local. En 1967, con trece años de edad, grabó su primer single al frente de un proyecto llamado Lord Fuzz pero pronto la banda quedó pequeña para sus crecientes inquietudes musicales.

Por aquellos tiempos había mostrado interés por la música  contemporánea y en 1969 John Cage, “enfant terrible” de la escena musical de vanguardia, compositor, filósofo y teórico musical invitó a Gary, con 14 años, a su casa para discutir y criticar la música. Wilson recibió consejos del compositor que resultarían una influencia relevante durante el desempeño de su carrera como “si tu música no irrita a la gente, no estás haciendo  tu trabajo”.

En 1974 Wilson y sus amigos emitieron el sublime  y extravagante Another Galaxy en formato de jazz trio, suena a Charles Mingus y Sun Ra con toques de guitarra funk y piano free. El disco fue sacado en una edición privada de 500 copias y no tuvo repercusión alguna

En 1976 Gary Wilson fue a los Estudios Bearsville de Albert Grossman en Woodstock, Nueva York que es donde estaba la movida, para grabar el primer disco a su nombre “You Think You Really Know Me” aunque finalmente decidió que prefería grabar en su estudio familiar, en el sótano de casa de sus padres.

Por más virtuoso que sea la música de Gary siempre conserva un espíritu amateur no muy amigo de post-producciones. El disco parece la banda sonora funky de peli porno de serie B, llena de adornos de lujo de mentira, elegante y decadente al mismo tiempo.  Abundan las hembras ideales y los quejidos lastimeros de enamorados nunca correspondidos en la más pura tradición de los clásicos italoamericanos como Dion o Frankie Valey pasados por um tamiz de irrealidad que es lo que Gary aporta a toda la mezcla haciendo de su escucha una experiencia única. Como si Visconti y Felini hubieran rodado una película a medias. El disco contiene hits instantáneos como “She Lost Control” que podría bien ser un himno de revival mod o la críptica “6.4 = Make Out”, una cita romántica a la que no estarás muy convencido de querer acudir.

You Think You Really Know Me recibió elogios de  crítica en su lanzamiento inicial de 1977, Zappa, su mentor John Cage, Donald Fagen … alabaron las virtudes del disco pero no se abrió camino y a Gary jamás le llegó un contrato por él.

En un ambiente intelectual y pretencioso como era el N.Y.C. de la No Wave donde la pose predominante era la de estar de vuelta de todo no se entendió la propuesta chico tímido de provincias mostrando sus flaquezas con el sabor de los clásicos de los 50’s.

Gary volvió al ruedo con una gira más y algún trabajo notable como Invasion of Privacy 1980 en el que disminuyó visiblemente su componente teatral. No hubo respuesta y Gary desapareció de escena.

You Think You Really Know Me ha sido recurrentemente reivindicado por distintas celebridades como Beck, quien hace mención de él en una canción y  con el tiempo se convirtió en una pieza de culto.

En 2002 Gary Wison es una leyenda en círculos de coleccionistas, Motel Records reedita el disco con unos resultados más que aceptables, luego publican Forgotten Lovers una recopilación de inéditos y singles inencontrables y a partir de 2003 han caído una veintena de discos todos ellos imperfectos, seductores y extraños donde Gary se ha atrevido con todos los palos sin ceder un ápice de su personalidad en ninguno de los estilos: homenajes a su mentor Jonh Cage “Music for Piano” donde se desarrollan interesantes ejercicios de uso no estándar de instrumentos musicales, un disco a medias con el otro gran outsider Americano R. Stevie Moore en el sello de Tim Burgess y Nikky Colk…

Ha recibido el reconocimiento de personalidades del mundo del espectáculo Ariel Pink, ha compartido escenario con Mac demarco o Quest Love….

Está viviendo una suerte de segunda juventud en su nueva casa Cleopatra Recods, llevando personalmente un divertidísimo prefil de FB donde se puede observar al genio y su apretado calendario de giras.

Espero que cuando las aguas vuelvan a su cauce, algún promotor atrevido nos lo traiga por aquí y le podamos disfrutar en vivo.


Alice Donut: Revenge Fantasies of the Impotent

Artefactum Doc. 177 | Barcelona | © 2020 Juan Agüera | AF06

He aquí uno de tantos grandes discos que quedaron ocultos bajo el tremendo puente que fue el traspaso de década más célebre. Senda arrebujada por el grunge pre-Nirvana y un post-hardcore norteamericano en entredicho, a excepción de Fugazi claro. Si a eso le añadimos una de las portadas más cutres jamás dibujadas y un título que invita a proxenetas casposos, pues todo parece invocar a la postergación.

Así tenía que ser, bajo el lodo restante, mezcla de barro, resinas y propóleos, surge Revenge Fantasies of The Impotent, producto underground sin las pretensiones de muchos de sus coetáneos. Aquí nos adentramos a golpe de bajo con Rise to the Skin en algo familiarmente singular sin llegar a dar con la tecla. Es nuevo y no suena a Pixies ni a Hüsker Dü. La ácida My Best Friend´s Wife o el tema de título kilométrico Telebloodprintmediadeathwhore nos dejan un post-punk psicodélico letal que ya venían practicando en sus anteriores discos, hecho a fuego lento pero punzante,  en clave de humor y por supuesto mucho más docto que la basura neo-punk de postal que iba a llegar entrada la década.

En la segunda cara, lección de grunge-metal indefinible con temas como Naked, Sharp, & Perfect, o la versión de Black Sabath, War Pigs, dejaban a altura del betún grupos tan sobrevalorados como Alice in Chain o Soundgarden. Alice Donut, unos neoyorkinos acogidos en el sello AlternativeTentacles de Jello Biafra, cincelaron una de las mejores rabias juerguistas que se recuerdan.


Hound Dog: La escoba y el ukelele de Hendrix

Artefactum Doc. 46 | Madrid | © 2018 Johnny Soda | AF02

La escoba

Cuando Hendrix todavía era un chaval y asistía a clases en el colegio de Horace Mann Elementary, en Seattle, solía ir caminado con una escoba entre las manos para emular una guitarra. Por lo visto estuvo más de un año yendo con la escoba y flipándoselo solo calle arriba calle abajo. Con ayuda de un asistente social escribió una carta pidiendo financiación para poder comprar una guitarra, alegando que si no la conseguía le podría causar un daño psicológico irreparable.​ Se la denegaron.

El ukelele

Unos años más tarde, mientras ayudaba a su padre en las tareas del trabajo, Hendrix encontró un ukulele tirado entre la basura de una vecina que le dijo que se lo podía quedar sin problemas. El ukelele estaba medio destartalado y tan solo tenía una cuerda.​ Empezó tocando acordes sueltos. Pero poco a poco acabaría aprendiendo a tocar de oído mientras escuchaba canciones de Elvis Presley. Su primera versión fue la canción que Jerry Leiber y Mike Stoller compusieron para Elvis: Hound Dog


El efecto boomerang del garage en los 60

Artefactum Doc. 123 | © 2019 Madrid | Juan Agüera | AF05

Suele ocurrir en numerables ocasiones que se suela barrer para casa cuando se discute sobre el origen de un acontecimiento. El caso del rock de garaje es un claro ejemplo, según sean críticos norteamericanos o británicos los que plantean su nacimiento en los años 60, siempre se declina ubicar su gestación en territorio propio y eso que en su momento ser una “garage band” era usado con connotaciones peyorativas. La polémica lleva décadas sobre la mesa. En general, los críticos europeos plantean su origen como una consecuencia de la Invasión Británica aunque admiten que tales bandas tenían una marcada influencia por el rythm’n’blues procedente del otro lado del atlántico. Sin embargo, los críticos norteamericanos van más allá declarando como géneros precursores y ya definidos el surf instrumental, el frat-rock, el rockabilly y por supuesto el rock and roll de la década anterior.

Aunque tal controversia se basa más en la búsqueda de los orígenes del género musical que en el sonido, clave para entender la particularidad del garage, el caso es que hubo una transformación intercontinental evidente. Si bien bandas británicas como los Rolling Stones, los Yardbirds, Them, The Pretty Things o los Kinks intentaban reproducir el sonido que escuchaban de músicos norteamericanos como Muddy Waters, Bo Didley o Fats Domino entre otros, las bandas que surgieron en los Estados Unidos como The Shadows of Knight, The Count Five, The Seeds, The Leaves, Question Mark & the Mysterians, The Blues Magoos, The Remains o The Standells asimilaron la nueva tendencia guitarrística de las inglesas para crear su particular sonido, más crudo y distorsionado y por ende más alejado de la comercialidad que caracterizaba a otras bandas contemporáneas.

Por lo tanto, podemos hablar de un efecto boomerang del que se nutrieron prácticamente todas las bandas surgidas a mediados de los 60 y no solo en Estados Unidos o en el Reino Unido. Simplemente estaban atentas a lo que llegaba desde el otro lado del charco o de cualquier otro lugar y lo traducían a su manera. La influencia que tuvo el éxito de You Really Got Me en 1964 de los Kinks en bandas norteamericanas estaba influenciado a su vez por el blues y el rythm’n’blues más ancestral norteamericano, puro rock and roll, fórmula mágica de ida y vuelta. The Sonics publicaron su Here are The Sonics un año después, tres cuartos de lo mismo pero con más ruido y distorsión que nunca, siendo menos virtuosos que Ray Davies y su banda, van y la lían el triple. ¿De dónde salen los Stooges?… ¿y el término garage-punk?… y vuelta la mula al trigo…


THE SONICS: pioneros del ruido

El sonido que ha influenciado a bandas y generaciones de todos los tiempos

Artefactum Doc. 124 | Madrid/Barcelona | © 2019 Johnny Soda | AF05

Bon Benett, el batería de los Sonics, recordaba en una entrevista cómo los técnicos de sonido del sello Etiquette se desesperaban con él durante la grabación de Here are The Sonics (1965). Oía decir a uno que “la batería sonaba cómo una mierda” y a otro que no podía hacer nada por arreglarlo porque el batería tocaba “como el culo”. En general, ningún miembro de la banda andaba preocupado por la depuración del sonido. Ni siquiera eran buenos músicos. Acabaron grabando las canciones prácticamente en directo o en una grabadora de dos pistas con un solo micrófono para toda la batería. Los técnicos, encolerizados con ellos, las dejaron prácticamente tal cual se grabaron.

El caso es que por mala praxis o por puro desparpajo crearon el sonido más salvaje y crudo de la época. Si tenemos en cuenta que el nombre del grupo lo sacaron inspirados en los motores a reacción, que se probaban en la fábrica de Boeing que se encontraba por allí cerca, pues ya podemos reafirmar que la cuestión aquí no era el virtuosismo sino el ruido. Los Sonics se formaron en la pequeña ciudad portuaria de Tacoma en 1960. Fueron cambiando de miembros hasta la grabación de su primer single The Witch (1964) que curiosamente se convirtió en poco tiempo en el más vendido de toda aquella zona del noroeste y eso que las radios locales se resistían a ponerlo por su temática. Empapados del rock and roll más primigenio acabaron enmugreciéndolo a su manera. Embajadores del sonido chatarrero por excelencia, se les considera pioneros del garage-punk.

Buena prueba de su particular sonido es la influencia que han tenido en innumerables bandas de todos los tiempos. Bandas cercanas al punk como The Cramps o Dead Boys han manifestado abiertamente la influencia de The Sonics. Ya no digamos las bandas garejeras que surgieron en los 80: Fuzztones, The Cynics, Lyres… todas les han homenajeado a modo de versión o tributo. Mudhoney y Nirvana, desde el grunge, les reivindicaron hasta en confesiones íntimas. Más tarde bandas como The Flaming Lips , The Hives o LCD Soundsystem reconocen admiración y dedican versión. Al igual que ellos, su legado del ruido sigue en activo.


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